al-ħamāma. Confieso, amigos, que soy muy facilón: si alguno de vosotros quisiera que lo amase hasta la muerte y sintiese por él una atracción sexual irrefrenable, sólo tendría que regalarme esta moneda:
Esto es un columnario español, un real de a ocho, y es una de las monedas más famosas del mundo. Fue aceptada como medio de pago en todo el globo hasta bien entrado el siglo XIX, y en ella se basaron muchos países para crear sus propias monedas, incluido Estados Unidos. El mismísimo loro de Long John Silver, en La isla del tesoro, no dejaba de garrir Pieces of eight! Pieces of eight!, y hasta se dice que las barras del símbolo del dólar se copiaron del dibujo de las dos columnas; que oye, que es mentira, pero hagamos como que sí, porque la anécdota es bonita. En fin, amigas, amigos: hoy os quiero contar una historia de monedas y palomos.
Hace apenas tres semanas, andaba yo solazándome en la lejanísima isla de El Hierro, con sus sabinas dobladas por el viento, sus acantilados de órdago, sus bosques de laurisilva y sus playas de arena roja. Me dediqué principalmente al buen yantar y al mejor beber. En particular, me centré en degustar muy a mi sabor los tremendos quesos de El Hierro, porque ya está bien de que se lleven la fama los plátanos, amigos: si hay algo bueno en Canarias son los quesos de cabra, ya sean ahumados a secas o con pimentón. Es más, desde aquí os anuncio a todos (pero en especial a Marigustín) que, en todo este año viviendo allí, no me he comido ni un solo plátano.
Un día, mientras esperaba a los demás junto al coche, apareció un nativo herreño de la casa de al lado y se dirigió a mí a toda velocidad, me estrechó la mano y mantuvimos esta sorprendente conversación: Hombre, hola, qué tal, ¿de dónde sois? Hola, encantado. Pues cada uno es de un sitio, pero yo soy de Murcia. Uy, ¿sí? En Murcia hay muchos palomos, ¿verdad? … Tardé en reaccionar, porque, precisamente en Murcia, ser un palomo o un palomazo significa ser bastante tonto. Y eso dejando aparte la inevitable referencia al palomo cojo. Entiendo que se refiere usted a la colombofilia… Entiendes bien. Ah, bueno, sí, alguna vez que he ido a comer por la huerta he visto a los palomeros haciendo carreras. Ay, me gustaría mucho ver eso. ¿Sabes que una vez estuve en la Era Alta, viendo carreras? Mira allí. Y me señaló un palomar a unos cien metros: sólo entonces oí el zureo. Por cierto, la Era Alta es una pedanía de la huerta murciana, con 3.000 habitantes, y os juro que hay muchos urbanitas murcianos que ni la conocen, así que doble sorpresa. ¿Cría usted palomos? ¿Son suyos? Sí, soy el único de la isla. La gente me mira como si estuviera loco. No entienden que me deje tanto dinero en esto. Algunos de mis palomos pueden valer un millón, fácil. Uy, lo entiendo perfectamente. Yo colecciono monedas y mis amigos también piensan que estoy loco por dejarme el dinero en eso. Lo que no le dije fue que hay por ahí algún gracioso que me llama numistonto. ¿Sí, coleccionas monedas? Mmm, pues otro día que nos encontremos, antes de que os vayáis, recuérdame que te dé un regalo.
A los dos días, cuando nos volvimos a encontrar en la puerta, se sacó una moneda grande del bolsillo y me la dio. Me dijiste que coleccionabas, ¿no? Pues toma, un regalo. Dios, muchas gracias. Es de plata, antigua, de un valor… incalculable. ¿No ves que es de plata? Hombre, tanto como incalculable… Cuatro euros a lo sumo, tirando por lo alto. Esto último no se lo dije, pero lo pensé, porque era un duro de plata de Venezuela de 1911, relativamente corriente, gastadísimo y dispuesto dentro de un colgante; moneda que, por otro lado, tengo ya en buen estado de conservación. El caso es que le agradecí mucho el detalle: me encanta tener monedas con intrahistoria. Sólo te voy a pedir un favor. Me dijiste que conocías a varios columbaires de la Era Alta, ¿no? Si habéis leído hasta aquí, sabréis que no dije eso ni de coña. Bueno, a ver, alguna vez he comido con ellos en el mismo restaurante. Perfecto, pues a ver si mañana por la mañana te puedo dar mis datos y me pones en contacto con ellos, para ver si puedo escaparme algún día a la Era Alta. Claro, claro, me hago cargo, imagínese: quién pillara una escapada a la Era Alta. Pues haré todo lo que esté en mi mano, no se preocupe. Y muchísimas gracias por la moneda. Al día siguiente, tempranísimo, abandonamos la isla y nunca más se supo. Hoy, el arrepentimiento me atenaza. Hoy quiero hacer feliz a ese hombre. Ayudadme. ¿No conoceréis a algún columbaire de la Era Alta, por casualidad?
P.D.: Efectivamente, los loros garren y las palomas zurean. A ver si un día escribo una entrada en la que pueda hablar de elefantes que barritan.
P.P.D.: No puedo resistirme a mostraros mi última adquisición. Mirad qué preciosidad.
