Allāh. Si habéis leído La tournée de Dios, de Jardiel Poncela, sabréis que Dios bajó a la Tierra hace unas décadas y se apareció a los mortales en el Cerro de los Ángeles, en Getafe, donde se dice que está el centro geográfico de España. La historia es así: resulta que Dios se le apareció en sueños al Papa y le dijo que quería visitar la Tierra; pero el pontífice no se creyó que fuera Él de verdad, claro, porque por muy Papa que seas tampoco te vas a creer al primero que se te endiose en sueños, así que le pidió pruebas; Dios, por su parte, ni corto ni perezoso, convocó a la Humanidad en Pisa, en la Piazza dei Miracoli, donde anunció que mostraría señales inequívocas que disiparían cualquier duda posible acerca de su identidad.
Concentrada la Humanidad en la ciudad toscana, todos esperaban ansiosos la señal, la prueba irrefutable de que quien había hablado con el Santo Padre era el mismísimo Dios. A las 12 en punto, se hizo un silencio sepulcral, roto únicamente por una voz cristalina que bajó de lo alto y dijo: Hola, soy Dios. Haced sitio, porque voy a tirar abajo la torre de Pisa. Ante el pasmo de los espectadores, la torre comenzó a inclinarse más y más. Todos tuvieron tiempo de apartarse, pero, de repente, un niño se escapó de la mano de su madre. ¡Horror, la torre lo va a aplastar! ¡Dios, no permitas que suceda! Dios parecía distraído por la emoción del momento y sólo en el último instante se dio cuenta de que el niño iba a morir. Con un esfuerzo sobrehumano, como no podía ser de otra manera, sus manos invisibles detuvieron la torre a escasos centímetros del chiquillo y la lanzaron en sentido contrario, aplastando a más de trescientas personas. Nadie lo dudó: se trataba de Dios.
En la novela, Dios aparece luego en Getafe como un viejecito tranquilo sin grandes pretensiones, por lo que los humanos se aburren pronto de Él y pierden interés: Dios se dedica entonces a pasear por Madrid, llorando de forma anónima. Esa imagen es la que se me ha venido hoy a la cabeza, porque hay alguien que me la ha recordado, alguien a quien he visto ya dos veces en dos sitios diferentes en apenas 48 horas (por cierto, ahora va casi rapado). He intentado resistirme a sacar este tema en el blog, porque para un murciano está ya muy manido y puede ser poco interesante; pero no por ello deja de ser asombroso que en nuestra ciudad, de entre todas las posibles, haya decidido establecerse un ser ubicuo. Amigos no murcianos, puesto que a vosotros está dedicada esta entrada: os anuncio solemnemente que Dios es chino, vive en Murcia y vende rosas.
Desde hace más de diez años, el chino de las rosas está en todas partes y es imposible salir por Murcia sin verlo. Es hábil, es astuto, es artero y sabe teletransportarse para estar en cuatro pueblos de la Región a la vez. Todos los murcianos sabemos que es cierto, y todos tenemos una historia de ubicuidad con el chino: yo, por ejemplo, lo vi un sábado por la mañana en las fiestas de Alhama, por la tarde en la plaza de las Flores de Murcia y, esa misma noche, en un bar de Los Alcázares. Lo juro. Su técnica es fácil: rosazo y tentetieso en el hombro, sonrisa lúbrica y compla losa que te crió. Los adolescentes llevan haciéndole las mismas bromas imbéciles desde hace muchos años; se ha dicho de él que es Elvis, que son cuatro hermanos iguales; y lo único cierto es que nadie sabe cómo se llama ni la edad que tiene, a pesar de ser una de las caras más reconocibles por cualquier murciano que se precie de serlo.
Amigos, desde hace una semana existe en Facebook un grupo que se llama Fans del chino de las rosas de Murcia. A día de hoy, tiene 3.541 miembros, que se dice pronto. Apuntaos. Se lo merece.
lunes, 6 de julio de 2009
El dios - اﷲ
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Paul Spleen
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viernes, 19 de diciembre de 2008
La cantante - المغنـّية
al-muganniya. Hace más de un año que os hablé del método Maurer para aprender inglés: menudo sinvergüenza es ese tío. En fin, hoy os voy a hablar de un método con solera: el de Assimil y su El inglés sin esfuerzo. O no, según se mire.
En 1950 hubo un rumano en Francia que quiso utilizar este método en su versión gabacha original para aprender inglés (L’Anglais sans peine), pero, cuando se puso a repetir los diálogos que le proponía el libro, se le hincharon las narices de lo absurdos e insustanciales que eran. Como no podía ser de otra manera. Cualquiera de nosotros, amigos, habría cogido el libro, lo habría tirado a la basura y habría mandado a la mierda al autor, al editor y a todos sus parientes hasta el cuarto grado, qué menos, pero este rumano y tres piedras fue más creativo si cabe: escribió una obra de teatro llamada L'Anglais sans peine.
Básicamente, el argumento consiste en lo siguiente:
- aparecen los Smith en su casa, charlando animadamente aunque no se escuchan el uno al otro;
- llegan los Martin a visitarlos y los dueños de la casa los dejan solos un momento: los recién llegados se percatan de que se conocen de algo y, tras muchas preguntas personales, caen en la cuenta de que viven juntos y no se acordaban, aunque es cierto que no se quedan convencidos del todo;
- viene un bombero muy amable, con casco y todo, y les cuenta a los cuatro lo mal que está la cosa con los fuegos, amén de algunas fábulas de animales;
- se cabrean todos mucho.
Al parecer, durante los ensayos para su primera representación, el actor que hacía de bombero tuvo un desliz al final de una larga parrafada y, en vez de institutrice blonde, dijo cantatrice chauve. Con ese nombre se quedó la obra: La cantante calva. Si aún no la habéis leído, corred a leerla. Si aún no la habéis visto, corred a verla. El caso es que corráis, vamos.
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Paul Spleen
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miércoles, 3 de septiembre de 2008
El príncipe - Ο πρίγκιπας - Prens - Der Prinz
Los coleccionistas son de otra raza. Ya desde pequeños, suplen la vacuidad de la vida mediante la adquisición compulsiva de objetos. Y es que el fetichismo es bueno, digan lo que digan. Toda clase de coleccionismo implica un elevado concepto de la vida, una elegante atracción por la belleza efímera e inútil. Amigos, hermanos casi, me declaro coleccionista.
De pequeño coleccioné minerales de todo tipo, y tiene que haber pocos elementos de la tabla periódica que no estén presentes en los cajones de mi casa. Uno de los peores días de mi vida fue cuando se me cayó una caja donde guardaba muchos de ellos y se esturrearon por el suelo, indistinguibles para siempre unos de otros. Así siguen…
Los sellos siempre estuvieron ahí, aunque mi época de filatelista avezado pasó a mejor vida. No hace mucho que regalé mi colección de sellos de caballos. En su momento, con diez años, compré en Moscú muchísimos sellos de países comunistas que no solían verse por España; pero hoy, como entonces, siguen sin valer un duro, claro. Al menos son bonitos de ver…
Nunca me dio por el filumenismo o la glucosbalaitonfilia, pero sí coleccioné todo tipo de objetos pequeñitos y seres vivos que pudieran observarse al microscopio. Un día, me corté en el pulgar izquierdo al partir una abeja y, en un arrebato frankensteiniano, corrí a poner mi sangre en la placa del microscopio. Todo sea por la Ciencia, amigos.
La numismática y la notafilia tendrán un post aparte en el futuro, amenazo desde ya; pero estoy escribiendo éste para deciros una cosa: a partir de ahora, cuando viajéis al extranjero, no sólo me tendréis que traer billetes en estado plancha, como hace tan bien Alejandro; porque a partir de este viaje, declaro inaugurada mi colección de Principitos en varios idiomas.
—¿Qué haces ahí? —preguntó al bebedor, a quien encontró instalado, en silencio, frente a una hilera de botellas vacías y una hilera de botellas llenas.
—Bebo —respondió el bebedor, con aire lúgubre.
—¿Por qué bebes? —preguntó el principito.
—Para olvidar —respondió el bebedor.
—¿Para olvidar qué? —inquirió el principito, que ya se compadecía de él.
—Para olvidar que siento vergüenza —confesó el bebedor, bajando la cabeza.
—¿De qué te avergüenzas? —indagó el principito, que deseaba socorrerle.
—¡Me avergüenzo de beber! —terminó el bebedor, que se encerró definitivamente en el silencio.
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Paul Spleen
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miércoles, 28 de mayo de 2008
El cerebro - الدماغ
ad-dimāg. En noches como ésta, los monstruos que engendra mi razón dormida intentan escapar de su prisión. Preparan sus mazas con sigilo y, de puntillas, se diseminan por mi geografía cerebral. Palpan lóbulos, buscan tractos y se escabullen tras cortezas. El rumor se nota, pero están organizados y consiguen despistarme: pssst, pssst, tú, a aquel ventrículo, con cautela; tú, a esa arteria; rápido, uno por circunvolución. Ya en su lugar, elevan sus mazas y aguardan obedientes. Una hermosa pausa contenida precede al primer golpe, paralizante y brutal, tras el cual todos a una aporrean mi calavera a latidos regulares, desgarrando tejidos, horadando paredes y buscando como locos la salida al exterior. Con perfección raveliana, aumentan la velocidad del tiovivo hasta que ya no tengo en qué pensar, a no ser en que todo descarrile: que mis oídos escupan caballitos de metal en sangre y fanfarrias…
Pero mira, ahora, como siempre ocurre tres veces al día, hay uno que es más listo: ahora baja por mis nervios, ahora llega al punto ciego, ahora salva mis humores, ahora cruza por mis niñas; ahora sale, lúbrico y triunfante, amusgándome los ojos. En noches como ésta, cuando escribo, vomito tenias por las manos.
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Paul Spleen
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domingo, 11 de mayo de 2008
El contrato - العقد

al-‛aqd. Hola, amiguitos. Hoy os tenemos preparada una bonita historia aleccionadora, un delicioso cuento ejemplar para que podáis actuar en todo momento como esos benditos seres a los que todos admiramos sobremanera: los juristas. Si no me equivoco, esta historia salía ya en El conde Lucanor, así que nuestra misión ha consistido básicamente en falsear nombres de personas y ciudades:
Imaginaos que, allá por el año de Nuestro Señor de 1008, tras una gran noche de farra por, digamos, Alicanto, un grupo de mozalbetes amanece en casa de un amigo común que responde al nombre falso de Cazorlo. Haceos una idea de la opípara cena de la noche anterior, de la explosión de sabores, de la cita con el placer a la que estos buenos mozos fueron invitados. Haceos cargo de los deliciosos mojitos que paladearon con fruición, de los maravillosos cócteles que degustaron una y otra vez. Como si el mañana no existiera, Carlos. Del final de la noche no os imaginéis nada porque fue una mierda, pero con todo y con eso, concentraos en el dulce despertar, en la amistad bien exaltada y el desayuno compartido en alegre compañía. Con mente clara y limpia, advertid la franca camaradería del momento. ¿Tenéis todo eso en la cabeza? Pues entonces llega Cazorlo y saca unos contratos… Es en ese momento cuando debéis tener más templanza, amigos, y sacar a pasear vuestro leguleyo interior.
NOTA: El protocolo estándar que recomiendan los manuales al uso es el siguiente: uno, lavarse los dientes cuatro veces para permanecer el mayor tiempo posible fuera del alcance de quienes quieren contratar contigo; dos, pasar el resto del tiempo fingiendo hacerte la maleta; y tres, huir.
Mientras sus iguales y camaradas firmaban todo papel que les caía en las manos sin apercibirse de a qué se obligaban, uno de los que allí estaban, un fiel discípulo de Ulpiano que no veía escapatoria, un Savigny redivivo al que llamaremos Pul, mantuvo esta conversación con Juancarlis, el socio de Cazorlo:
—Bueno, pues dadme algo que me lea, a ver qué es…
—Pero, ¿de verdad te vas a leer todo eso?
—¿No me estás pidiendo que lo firme?
—La hostia, macho…
Manteneos firmes, amiguitos, no os dejéis llevar y perseverad. Mientras Juancarlis explicaba al valiente Pul que el producto incluía un seguro de viajes buenísimo, Pul buscaba infructuosamente la referencia al seguro de viajes en el contrato.
—¿Eso del seguro dónde lo pone?
—En esta hoja de información que tengo yo aquí.
—¿No lo pone en la hoja que voy a firmar?
—No sé, creo que no.
—Mmm…
¡Bendito Pul! Cuánto intentó no ser arrastrado, cuánto peleó por zafarse de la presión de sus iguales y no ser un lemming a la carrera, mas todo fue en vano: al fin, sucumbió. Sin tener muy claro si aquello era anulable o si se estaba obligando a algo, con el alma cansada y el honor vencido, se dispuso a estampar su firma en el contrato; pero hete aquí que entonces se hizo cierto aquello de que Dios está con los constantes, con los que tienen paciencia:
—En fin, Juancarlis, dónde hay que firmar…
—Venga, dame tu DNI que vaya rellenando esto.
—Pero si mi DNI lo tengo en Murcio. ¿Te vale el carné de conducir?
—¿No tienes el DNI en serio?
—Mmm, no… ¿De verdad no te vale el carné? Es un documento acreditativo también…
—Mierda, no, sólo podemos tomar datos de un DNI original. Después de todo el rollo…
Éste ha sido nuestro cuento didáctico de hoy, amiguitos. Aprended a decir que no, leed todo lo que vayáis a firmar y vended vuestra rúbrica como si fuera oro, por mucho que os presione el ambiente, por muchas prisas que os quieran meter o por mucho que se cachondeen de vosotros. Nada más. Sed buenos, temerosos y con Dios quedad.
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Paul Spleen
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miércoles, 30 de abril de 2008
El abuelo - الجدّ
al-ŷadd. Era un lobo de mar, de los de tez cárdena curtida por la sal y el sol, mil veces requemada para renovarse al poco. Cuando niño, yo adoraba sus ojillos menudos, hundidos, de color de aguamarina; y su raída barba, de la que parecíanle colgar racimos de coral, gambas o estrellas de mar. Me lo representaba luchando contra los piélagos en veinte hemisferios a la vez, escupiendo plancton milenario al hablar. Entraba en su balandro, el Argo, y se calaba orgullosamente una gorra antiquísima con un ancla dorada, mientras un pequeño pulpo resbalaba por su visera azul. Mi abuelo descubrió cinco continentes y tres océanos, sobrevivió en el Titanic y en Pompeya, mató a la Escila, dio cien vueltas al mundo, viajó a Cipango e hizo el amor con las sirenas del norte, donde el sol nunca se acuesta y el mar aún llora a Hamlet. Empero, no veía cumplido su más alto anhelo: mi abuelo quería volar.
Ni la biblioteca de Alejandría, ni el oráculo de Delfos, ni siquiera el mismísimo rey Salomón, al que visitó a lomos de un gran elefante, le dieron las respuestas que buscaba.
Dado que, por el momento, no podía ser un pájaro, un brumoso día de otoño en el que los árboles lloraban lágrimas pardas, decidió: «Voy a conocer este extraño mundo». Y, ciertamente, eso fue lo que hizo, porque erró por los abismos más insondables, vagó por los valles más sombríos, escaló hasta el techo del mundo y peregrinó a Santiago. Devino un coleóptero trashumante que recorría la Tierra sin prisa ni pausa. Cada cierto tiempo, a través de unos sobres azules olorosos a ron —una poderosísima fragancia—, descubríamos dónde había posado sus élitros esta vez, para, más tarde, volver a perderle el rastro. Nos enviaba muchos regalos: figurillas de jade, cuentas de cristal coloreado, sedas de la China, misales bizantinos, clepsidras, un autógrafo dedicado de Alejandro Magno; y mi abuelo, aun sin haber encontrado lo que buscaba, parecía feliz.
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Paul Spleen
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jueves, 20 de marzo de 2008
El infierno - الجهنـّم
al-ŷahannam.
Odiado enemigo:
Que no, que no, que a mí no me engañas. ¡Ah, condenado devorador de hombres, violador de vírgenes, exterminador de pueblos y fomentador de sinrazón! ¡Te declaro la guerra! ¡Sí, te digo a ti, malnacido! Malditos tú y tus alados sicarios, pajarracos portadores de muerte e incultura. Los míos os han creado y ya no puedo mataros…
Moriré y ahí seguiréis, impertérritos, bebiendo sangre en cálices de carpintero y comiendo cuerpos durante la cena. ¡Y que nunca vaya a haber voces en contra? ¡Tan sólo la mía? ¡Ah, se os defenderá con uñas y cruces! ¡Con dientes y rezos se os defenderá! Matarán y mataréis. Incluso a ellos, vuestros defensores, los mataréis, y por sangre no quedará, desde luego.
¿Por qué habréis de ser tan fieramente humanos? Lo sois más que yo, ¡más que nadie! Pues bien, yo devendré un bello ángel caído, ya lo veréis: él único no terrible, el único no humano… Un sagrado Luzbel. Y pasarán vidas, ilusiones —ay—, sueños, plegarias; y a nadie escucharéis. Ni siquiera os inmutaréis. Expulsaréis a disidentes y apátridas y os regocijaréis en su dolor.
¿No podré yo alcanzaros? ¡Bajad que os desuelle uno por uno! Seré odiado por ello, sí; mi recuerdo será vejado y ultrajado, pero podría ser peor: podríais hacerme uno de los vuestros para vengaros, como ya hicisteis con aquel Sócrates judío. Ay de vosotros si el nazareno levantara la cabeza, puesto que:
No hay prisas. Recuerda mi rostro, pues te perseguirá eternamente. Te destrozaré por desalmado, te aniquilaré hasta el infinito. Demoleré tus cimientos y te enterraré en el NiFe. Tu sangre me hará crecer, me hará medrar… ¡Muere! Yo sí tengo en mí todos los sueños del mundo, ¿me oyes, impostor? ¡Muere! ¡Déjame vivir a mí!
Verás que cuando arde el cielo no hay dios que se salve. Verás cómo llueven plumas chamuscadas de ángeles y águilas. Yo, querubín travieso, incendiaré el éter con las lenguas de fuego del Espíritu. Ah, qué hermosa imagen: ¡el cielo hecho pavesas!
Es imposible pensar que venceré. Tú te alzarás con la victoria y matarás de nuevo, emborrachado de muerte, harto de sangre y de vivir para siempre. Pues has de saber que, a pesar de todo, encontraré fuerzas. Te haré venir aquí a mi lecho para convencerte de lo huero que es el infinito. No cejaré en mi empeño hasta ver rodar divinas lágrimas por tus intangibles mejillas, y entonces, solamente entonces, con el último vagido, expiraré diciéndote: «Yo muero, tú no puedes». Y ésa será mi venganza.
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Paul Spleen
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lunes, 4 de febrero de 2008
El vecino - O vizinho
Hubo un portugués, criado en Sudáfrica, que a principios del siglo XX se ganaba la vida de forma gris e insulsa, traduciendo cartas comerciales para diversas empresas de Lisboa. Entre 1913 y 1935, año de su muerte, dejó escritos unos 500 fragmentos en completo desorden. Los especialistas en su obra no se ponen de acuerdo a la hora de decidir la mejor manera de ordenarlos, pero el caso es que, juntos, en el orden que sea, conforman el libro más lúcido de la Humanidad: el Libro del desasosiego. Imagino que ya sabéis que abajo, en la barra lateral de este blog, os sale una cita de ese libro cada vez que reiniciáis la página. Lo leí durante el verano de 2003, perdiendo y ganando personas mientras todo se teñía de cruda verdad.
Eso sólo bastaría ya para ensalzar grandilogiosamente al país vecino, pero es que en Portugal, al igual que en Irlanda, levantas una piedra y salen corriendo 500 escritores, 400 poetas y 300 músicos. En el 2001, fui al Auditorio con nuestro amigo el Señor Decano
É meu e vosso este fado,
Destino que nos amarra
Por mais que seja negado
Às cordas de uma guitarra.
Sempre que se ouve o gemido
De uma guitarra a cantar
Fica-se logo perdido
Com vontade de chorar.
Ó gente da minha terra,
Agora é que eu percebi,
Esta tristeza que trago
Foi de vós que a recebi.
E pareceria ternura
Se eu me deixasse embalar,
Era maior a amargura
Menos triste o meu cantar.
Ó gente da minha terra,
Agora é que eu percebi,
Esta tristeza que trago
Foi de vós que a recebi.
Además, en enero de 2004 vi con mis padres, en Lisboa, junto a la Torre de Belén, el atardecer más impresionante del mundo. ¿Qué tienen Portugal, los portugueses y el idioma portugués?
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Paul Spleen
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jueves, 11 de octubre de 2007
La duda - Il dubbio
Sucedió algo asombroso en el último partido del Real Madrid. En primer lugar, parece ser que Casillas se durmió. Las fuentes oficiales consultadas
apuntan a las noches toledanas con Eva González como la causa más probable del apollardamiento del guardameta, pero hete aquí que la cosa fue a más: un jugador contrario regateó con facilidad a Cannavaro y se dirigió en solitario hacia la portería. Nada hay de infrecuente en eso, es cierto, pero sí en lo que ocurrió a continuación. Cuando el defensa italiano, todavía con la cintura rota, procedió a perseguir al delantero contrario con el fin de entorpecer su galopada con la más fina de sus tarascadas, se percató de que
El pecho del italiano se henchió majestuoso en el aire estático del Bernabéu para descargar su potente grito y salvar así a su equipo de un gol más que seguro. Los ojos del estadio iban del plácido Casillas al formidable Cannavaro, de Cannavaro al delantero rival y de ahí otra vez a Casillas. Todos a una contenían la respiración
admirando a Cannavaro, al genial Cannavaro, cuya portentosa capacidad pulmonar parecía no tener fin. En algún momento de esa burbuja de tiempo, un espectador no pudo más y tuvo que expulsar el aire con gran alivio por su parte. Uno a uno, boqueantes, siguieron su ejemplo todos los presentes en el estadio. ¿Todos? Hubo tres que no: Casillas, abrazado al poste; Cannavaro, que, en silencio, con la boca abierta y cara de bobotonto (esto tampoco es infrecuente, es cierto) observaba congestionado e impotente el avance ahora imparable del atacante; y éste último, quien, el muy canalla, se fue hacia la portería, dejó el balón justo en la línea, se agachó y
Con el defensa central aún convaleciente, los sesudos analistas deportivos comenzaron a analizar sesuda y deportivamente lo sucedido. Grosso modo, las principales líneas argumentales de sus elegantérrimos discursos fueron las siguientes: o bien el número de partidos por temporada es excesivo para el ser humano, o bien el fútbol de hoy es más físico, o bien el defensa jugó lesionado, o bien iba de coca hasta las trancas barrancas… Al tercer día, Cannavaro resucitó de entre los comatosos y realizó unas declaraciones que zanjaron el tema y callaron el boquino a los maledicentes:
«He aquí lo que ocurrió en realidad. Cuando ese maldito delantero me fintó a una
velocidad endiablada y vi a Casillas durmiendo, quise gritarle que espabilara y le saliera al encuentro. Pensé en pronunciar /ko.xó.nes/ y luego /des.pjér.ta/ y luego /í.ker/ y luego /sál.le/, pero de repente me asaltó una duda, una duda impostergable: ¿y si en vez de gritar la palabra /sál.le/ quisiese escribirla? Sin poder respirar, en un arrobamiento divino, me vino la respuesta: ¡es imposible escribir eso en español! Y ahí ya me dio el telele.»
P.D.: Cuentan las crónicas del reino que un día le pasó lo mismo a Lola Flores en un taxi, al indicarle al amable conductor el nombre de su finca.
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Paul Spleen
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viernes, 5 de octubre de 2007
El consejo - النصيحة
an-naşīħa. Dispongo y quiero que aprendas las lenguas a la perfección: la primera de todas, la griega, como manda Quintiliano; y la segunda, la latina; y después, la hebrea, para las santas escrituras; y la caldea y la arábiga también. Y en la griega has de formarte el estilo con el modelo de Platón; y con el de Cicerón en la latina. Que no haya historia que no tengas presente en la memoria, para lo cual te servirá de ayuda la Cosmografía de los que de eso escribieron.
De artes liberales, de geometría, de aritmética y de música algún gusto te hice coger ya cuando eras niño, con cinco o seis años; sigue con lo que te falta y aprende todos los cánones de la astronomía; dame de lado la astrología adivinatoria y el arte de Lulio, por ser engaños y cosas vanas.
Del derecho civil quiero que sepas de memoria los textos hermosos y me los compares con la filosofía.

Y en cuanto al conocimiento de los hechos de la naturaleza, quiero que a ellos te des con gran curiosidad: que no haya ni mar ni río ni manantial cuyos peces desconozcas; y en cuanto a todas las aves de los aires, todos los árboles, arbustos y frutales de los bosques, todas las yerbas de la tierra, todos los metales ocultos en las entrañas de los abismos, todas las piedras preciosas del Oriente y el Mediodía, nada de ello debes desconocer.
Vuelve luego a examinar sesudamente los libros de los médicos griegos, árabes y latinos, sin hacer de menos a los del Talmud y la Cábala; y con frecuentes anatomías consigue perfecto conocimiento de ese otro mundo que es el hombre. Y en algunas horas del día empieza a trabar conocimiento con las santas escrituras: antes que nada, en griego, el Nuevo Testamento y las Epístolas de los Apóstoles; y, a continuación, en hebreo, el Antiguo Testamento.
En pocas palabras, que vea yo un abismo de ciencia, pues ahora que te estás haciendo hombre y vas creciendo, habrás de dejar la tranquilidad y el reposo del estudio para aprender el arte de caballería y el de las armas […]
François Rabelais
1532
P.D.: Nenicos, he cambiado cosas de la barra lateral. Enjoy.
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Paul Spleen
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viernes, 21 de septiembre de 2007
El vino - الخمر
al-jamr. In vino veritas, decían los tíos… Parece ser que sabían lo que decían, porque para que no les saliera siempre la veritas al beber vino lo mezclaban con agua. Tiene su gracia que el propio
Jesucristo, con toda su divinidad, decidiera que además de devolver la vista a ciegos, resucitar a los muertos y caminar sobre las aguas no podía irse de este mundo traicionero sin dedicarle un milagro al rico vino. Con un par, sí señor.
Allá por el siglo XI vivió el fiera de Omar Jayyam. Fue astrónomo, matemático, filósofo y poeta. El bueno de Omar decidió llamar šay'
brotará de la tierra cuando esté bajo tierra;
si se acerca a mi tumba alguien medio borracho,
al olor de mi vino se emborrachará a fondo.
Desde que existen luna y lucero del alba
nadie vio nunca nada mejor que el vino puro;
no deja de asombrarme que haya quien venda vino
porque, ¿qué comprará mejor que lo que vende?
Mejor si huyes de todas las lecciones de ciencias,
mejor si a los cabellos de tu amada te atas;
antes de que tu sangre el tiempo la derrame,
vierte mejor la sangre de la jarra en la copa.
Bebe vino, que en busca de mi muerte y tu muerte
está atentando el cielo contra nuestras dos vidas;
tú, siéntate en la hierba y bebe el vino claro,
que ya brotará hierba de tu tumba y la mía.
Pues resulta que últimamente me codeo con desigual fortuna con gente a la que le gusta el vino. Se aprende mucho. Como ejemplo de estas buenas compañías, os adjunto un bonito vídeo en el que se demuestra lo fácil que puede llegar a ser abrir una botella de vino cuando uno es un experto. Las caras de quienes aparecen en el vídeo han sido convenientemente oscurecidas, puesto que su fama y renombre mundial como prestigiosos enólogos así lo exige:
Como estoy seguro de que se os habrá escapado algún detalle de esta maravillosa clase de enología, posiblemente debido a la especializada jerga que usan los sumilleres del vídeo, aquí os pongo también una closed captioning del mismo vídeo. Leed y aprended:
Por último, y como colofón a esta larga entrada tan multimedia, unas cuantas fotos para vuestro solaz y disfrute:
![]() |
| EL VINO |
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Paul Spleen
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jueves, 13 de septiembre de 2007
El caballo - الحصان
al-ħişān. Clarea, y el gélido viento de la mañana anuncia el día de la gran gloria. Quedan atrás las estrategias, la preocupación por mantener las líneas y robustecer los flancos; atrás dejo cadáveres de hombres y otras cosas; las torres de asedio en lontananza
A caballo, con el pelo revuelto por la brisa, gusto de contemplar largo y tendido a mis recios soldados, ahí, a izquierda y derecha, los mejores del mundo, los mismos que me han hecho sobrevivir al más largo invierno y poder así llegar a un día como éste, en el que la bruma, el frío y las tímidas toses que me rodean no pueden camuflar un tenso cansancio de alegría. Con el brazo en cabestrillo y la cara en puro helor, la débil sonrisa que dibujo con el labio se expande —no puedo evitarlo—, se alarga…
Los ojos se me amusgan mientras espoleo suavemente al animal y cruzo por un pasillo entre mis tropas. No hay vítores, todavía no, sólo sonrisas en las caras exhaustas de quienes han peleado con la mente en protegerme, con la mente en que acaben la guerra, el invierno y el color de luna en todo el cielo. Lloran en silencio al abrirme paso y en silencio se despiden. Desde arriba, es difícil resistirse a arengarlos, a animarlos a seguir. Pero ellos saben que es el fin. Ya no son necesarios. A lo lejos, veo el verde. Es cierto, ya no los necesito. Un adiós imperceptible, cojo aire e hinco espuelas. No hay marcha atrás. Te toca a ti ahora, compañero. Ni caso de la nieve y adelante, hacia el color. Yo me agarro de tu crin…
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Paul Spleen
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jueves, 30 de agosto de 2007
La muerte - الموت
al-mawt. Hay que ver lo que la gente quería a Paco Umbral, ¿eh, mamá? Después de lo que le pasó se volvió un malasombra, pero mira a la gente, mira a esas multitudes tras las vallas con libros suyos bajo el brazo y entonando cánticos en su honor mientras esperan al féretro… Hijo mío, pareces tonto: se ha muerto un jugador del Sevilla con 22 años…
Pues qué quieres que te diga: me gusta el fútbol, me gustaba Puerta y se me ponen los pelos de punta al ver en la tele a tantísimas personas emocionándose a la vez,
pero poco más. Yo, como Amélie con la muerte de Diana. ¿Hay que comulgar con este tipo de catarsis gregarias que idolatran a la juventud y amplifican las cosas hasta rozar el ridículo? Que sí, que es muy triste, pero que en el fondo ni fu ni fa; y aprovecho para decir que me la trae floja si hoy se hermanan o no «las aficiones de la capital hispalense» o si mañana les da por enemistarse otra vez por la infantilada del infantil de turno, hale. La pastilla, Ramón, la pastilla, que te salen espumarajos por la boca, hijico… Sí, gracias, mamá…
Yo por mi parte apagaré la tele, prenderé fuego a los periódicos y me marcaré un homenaje personal releyendo Mortal y rosa: el libro triste, oscuro y precioso que escribió Umbral cuando se le murió su hijo pequeño de leucemia a los 6 años. Que también tuvo muy mala suerte este hombre: después de lo de su hijo no se le fue ya nunca la mala leche, luego va a un programa y no hablan de su libro, ahora se muere y le roban protagonismo… No, hombre, no, ya está bien…
Sólo encontré una verdad en la vida, hijo, y eras tú. Sólo encontré una verdad en la vida y la he perdido. Vivo de llorarte en la noche con lágrimas que queman la oscuridad. Soldadito rubio que mandaba en el mundo, te perdí para siempre. Tus ojos cuajaban el azul del cielo. Tu pelo doraba la calidad del día. Lo que queda después de ti, hijo, es un universo fluctuante, sin consistencia, como dicen que es Júpiter, una vaguedad nauseabunda de veranos e inviernos, una promiscuidad de sol y sexo, de tiempo y muerte, a través de todo lo cual vago solamente porque desconozco el gesto que hay que hacer para morirse. Si no, haría ese gesto y nada más. Qué estúpida la plenitud del día. ¿A quién engaña este cielo azul, este mediodía con risas? ¿Para quién se ha urdido esta inmensa mentira de meses soleados y campos verdes? ¿Por qué este vano rodeo de la muerte por las costas de la primavera? El sol es sórdido y el día resplandece de puro inútil, alumbra de puro vacío, y en el cabeceo del mundo bajo un viento banal sólo veo la obcecación vegetal de la vida, su torpeza de planta ciega. El universo se rige siempre por la persistencia, nunca por la inteligencia. No tiene otra ley que la persistencia. Sólo el tedio mueve las nubes en el cielo y las olas en el mar.
Escrito por
Paul Spleen
a las
2:56
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